lunes, 26 de diciembre de 2022
¿Qué tiene si nombro las cosas?
La muerte
La muerte
La azul muerte
¿Por qué vendría la muerte si la digo?
La mía, la suya
La cara azul de la muerte
Hasta en mis pesadillas.
Que si la nombro viene, que si la llamo responde,
que si la pienso se espanta
Que si la sueño huye.
Pero si la pesadillo,
está siempre
La muerte
Tu muerte
Tu azul muerte
domingo, 27 de mayo de 2018
Un día en las sierras
Aunque haya subido el sol y el arroyo esté cerca, nunca es demasiado verde. Ni demasiado caliente. El sol pega, quema, es verdad, pero no está en el aire el calor, no se condensa en la masa de aire. Tal vez por aquello de que acá el aire es tan puro. Cambia, va viene, se renueva y no llega a corromperse por el calor como allá abajo. Es la sierra. Habrá hojas verdes pero no hace falta acercarse tanto para ver las espinas de cada una de las plantas y arbustos y árboles que no lo son tanto.
Teníamos una vertiente ahí, eran cuatro gotas de agua que bajaban de más arriba y que habíamos entubado a doscientos metros en un tubo ínfimo que llegaba hasta el tanque y lo llenaba, con entusiasmo en los buenos días. El tanque tenía una manguera pinchada que iba hasta la casa y alrededor de la pérdida habíamos aprovechado para plantar esas plantas que la sierra no conocía pero que a nosotros nos parecían imprescindibles en una casa, creo que hasta una alegría del hogar que me había empecinado en cuidar bajo una sombrita.
Los días de mucho, mucho calor, nos íbamos caminando hasta los piletones que armaba el arroyo. Eran unos buenos kilómetros pero se recompensaban a la llegada cuando nos dejábamos caer, prácticamente inconscientes, en el agua. Nos hundíamos y salíamos, hacíamos la plancha, nadábamos. Había poca gente por lo general, menos aún en ese horario en que el sol caía en picada sobre nuestra cabeza y nuestros hombros. Las pecas que me dejó ese sol ampliado como con lupa por el aire limpio y fresco, esas las sigo teniendo.
Fue un verano. A veces lo pienso y creo que fueron varios. Otras veces lo recuerdo como un largo día igual y olvido detalles distintivos. Tal vez fueron dos veranos y da lo mismo. Una mañana, tan temprano que mis pies sintieron la escarcha sobre los pastos que se habían quemado el verano anterior, se fue. O se volvió. Había salido con los pies descalzos a probar la escarcha y tantear el cielo cuando salió de la casa por atrás mío y se fue. Algo pasó antes que no importa. Importó tan poco que la única imagen que se me viene de su partida es mis pies sobre la escarcha del pasto quemado y levantar la cabeza para mirarlo hasta que se perdiera cuesta abajo en alguna curva.
Después entré.
Teníamos una vertiente ahí, eran cuatro gotas de agua que bajaban de más arriba y que habíamos entubado a doscientos metros en un tubo ínfimo que llegaba hasta el tanque y lo llenaba, con entusiasmo en los buenos días. El tanque tenía una manguera pinchada que iba hasta la casa y alrededor de la pérdida habíamos aprovechado para plantar esas plantas que la sierra no conocía pero que a nosotros nos parecían imprescindibles en una casa, creo que hasta una alegría del hogar que me había empecinado en cuidar bajo una sombrita.
Los días de mucho, mucho calor, nos íbamos caminando hasta los piletones que armaba el arroyo. Eran unos buenos kilómetros pero se recompensaban a la llegada cuando nos dejábamos caer, prácticamente inconscientes, en el agua. Nos hundíamos y salíamos, hacíamos la plancha, nadábamos. Había poca gente por lo general, menos aún en ese horario en que el sol caía en picada sobre nuestra cabeza y nuestros hombros. Las pecas que me dejó ese sol ampliado como con lupa por el aire limpio y fresco, esas las sigo teniendo.
Fue un verano. A veces lo pienso y creo que fueron varios. Otras veces lo recuerdo como un largo día igual y olvido detalles distintivos. Tal vez fueron dos veranos y da lo mismo. Una mañana, tan temprano que mis pies sintieron la escarcha sobre los pastos que se habían quemado el verano anterior, se fue. O se volvió. Había salido con los pies descalzos a probar la escarcha y tantear el cielo cuando salió de la casa por atrás mío y se fue. Algo pasó antes que no importa. Importó tan poco que la única imagen que se me viene de su partida es mis pies sobre la escarcha del pasto quemado y levantar la cabeza para mirarlo hasta que se perdiera cuesta abajo en alguna curva.
Después entré.
Los terrores que me distraían
Mientras a mí los terrores me distraían, vos hacías una casa. Yo no me animaba ni a asomarme a la puerta. Más me distraían, menos tiempo me quedaba. Me distraía el viento que burlaba la ventana, un fantasma que flotaba en el pasillo, la oscuridad en el patio, la madera hinchándose y contrayéndose. Mientras más me distraían, se hacía de noche más temprano y ya casi no amanecía. Si quería trabajar, se metían en los cuadernos y los escribían. Si quería, se metían en la cama y entre las manos cuando me desnudaba. Vos te mudaste y me distraje con los terrores que se metían en las cajas. Mientras te vas, yo tengo miedo de que mañana, mañana no amanezca.
Mónica
Nadie parece gritar en su casa, sino esperar a estar lejos en una esquina cualquiera, debajo de la ventana de algún otro cualquiera para gritar toda la noche. Sea una fiesta, sea una pelea, sea un borracho.
Muy a menudo, esa ventana parece ser la mía. Parece la única ventana cualquiera para gritarle a la noche en todo Buenos Aires.
Por ejemplo, anoche, nomás me acuesto, escucho la voz era de un hombre y lo que decía era violento. Floté hasta ahí buscando a otra persona que sería la que no contestaba, acurrucada contra la pared de un portal recibiendo los gritos, pero no había nadie más.
El hombre gritaba entusiasmado, sin embargo, y en eso parecía que se le iba la vida, que quizás ya se le había ido. Gritaba solo como quien le aúlla a la noche.
¿Faltaba plata? ¿Había una denuncia? ¿Un engaño? No es fácil discernir en estos casos. Porque no se grita con contenido; se gritan incoherencias y partes finales de oraciones. Especialmente, se grita en aumento al llegar a un punto.
Se gritan nombres y muchos insultos y canciones, pero no de dónde vienen ni de qué tratan.
En un momento de la noche, llegó una pareja y espantó al gritador con aullidos de juerga. No una parejita feliz, una pareja de gritos y de carcajadas peladas. Carcajadas que después eran alaridos y ya peleas para las cuatro, cinco de la mañana, para la hora en la que, de todos modos, tenían que dejarle lugar a un borracho.
¿Borracho adulador o detractor de la vida? ¿Con amigos que quieren subirlo a un taxi o con espectadores que aplauden y brindan por cada alarido?
También floto hasta ellos, les miro las caras para ver si esto es por un rato o sigue toda la velada.
Gris, metálicas se ponen las paredes cuando se apagan las lámparas de alumbrado público. Yo lo noto, detrás de la ventana; ellos lo notan, y se empiezan a ir cantando, o callados en reflexión, como si salieran de misa, donde comulgaron con mi ventana y recibieron el agua bendita de una vecina del segundo piso.
¡Oh, señor, aquí van tus feligreses, míralos, borrachos y cantando, de vuelta a sus casas, a sacarse los zapatos en puntas de pie, susurrar con medias y pedirle perdón a la madre! Pero, sobre todo, a dormir lejos de ventanas y gritos, porque nadie grita en su casa.
De acuerdo, hasta acá todo es cierto.
Pero después, más allá, está Mónica. Mónica sí grita en su casa. Y la casa de Mónica es el barrio. Y la vida de Mónica es la vida. Y nuestra vida y el barrio son la vida y la casa de Mónica. ¿Cómo no iba a gritar tanto?
Mónica gritó y se solucionó el conflicto entre los vecinos que hacían fiesta y los que querían dormir; Mónica gritó y dejaron de pegarle al chico aquel; Mónica gritó hasta que vinieron los bomberos la vez del choque; Mónica gritó y repavimentaron la calle; Mónica gritó cuando le pegaron a su hija y después gritó amenazando con pegarle a su hija. Sin dejar ni por un momento de estar recostada contra la puerta de su casa.
A la tarde salgo y la veo a Mónica gritándose con una vecina en su puerta, que es el modo que tiene de charlar y conseguir que alguien le haga las compras.
Tiene la voz que tendría un oso si quisiese hacerse pasar por humano.
La saludo con respeto. Hablamos de anoche, le pregunto si oyó a la mujer que chillaba por celular a un contestador automático (así, por pulsos quebrados era el chillido). Dice que no tanto como a las chicas que iban al boliche acá a la vuelta y se cruzaron con los chicos que también iban al boliche acá a la vuelta. Todos se fueron cuando vinieron dos a molerse a palos, que no se pegaron, pero hicieron volar insultos y botellas.
Por supuesto, Mónica gritó hasta que vino la policía; apenas se despejó la vereda, pasó un borracho cantando y no le importó nada que ya amanecía.
-Yo no puedo entender por qué la gente no se va a gritar a su casa –me dice Mónica-. A gritar, a su casa, señores.
Tiene razón Mónica. En casa simulamos que la procesión va por dentro y nos dan miedo los alaridos que soltamos de madrugada, debajo de cualquier ventana de cualquiera (y tantas veces esa es mi ventana).
Usted tiene razón, Mónica, y tiene la valentía de gritar sus gritos en su casa.
Muy a menudo, esa ventana parece ser la mía. Parece la única ventana cualquiera para gritarle a la noche en todo Buenos Aires.
Por ejemplo, anoche, nomás me acuesto, escucho la voz era de un hombre y lo que decía era violento. Floté hasta ahí buscando a otra persona que sería la que no contestaba, acurrucada contra la pared de un portal recibiendo los gritos, pero no había nadie más.
El hombre gritaba entusiasmado, sin embargo, y en eso parecía que se le iba la vida, que quizás ya se le había ido. Gritaba solo como quien le aúlla a la noche.
¿Faltaba plata? ¿Había una denuncia? ¿Un engaño? No es fácil discernir en estos casos. Porque no se grita con contenido; se gritan incoherencias y partes finales de oraciones. Especialmente, se grita en aumento al llegar a un punto.
Se gritan nombres y muchos insultos y canciones, pero no de dónde vienen ni de qué tratan.
En un momento de la noche, llegó una pareja y espantó al gritador con aullidos de juerga. No una parejita feliz, una pareja de gritos y de carcajadas peladas. Carcajadas que después eran alaridos y ya peleas para las cuatro, cinco de la mañana, para la hora en la que, de todos modos, tenían que dejarle lugar a un borracho.
¿Borracho adulador o detractor de la vida? ¿Con amigos que quieren subirlo a un taxi o con espectadores que aplauden y brindan por cada alarido?
También floto hasta ellos, les miro las caras para ver si esto es por un rato o sigue toda la velada.
Gris, metálicas se ponen las paredes cuando se apagan las lámparas de alumbrado público. Yo lo noto, detrás de la ventana; ellos lo notan, y se empiezan a ir cantando, o callados en reflexión, como si salieran de misa, donde comulgaron con mi ventana y recibieron el agua bendita de una vecina del segundo piso.
¡Oh, señor, aquí van tus feligreses, míralos, borrachos y cantando, de vuelta a sus casas, a sacarse los zapatos en puntas de pie, susurrar con medias y pedirle perdón a la madre! Pero, sobre todo, a dormir lejos de ventanas y gritos, porque nadie grita en su casa.
De acuerdo, hasta acá todo es cierto.
Pero después, más allá, está Mónica. Mónica sí grita en su casa. Y la casa de Mónica es el barrio. Y la vida de Mónica es la vida. Y nuestra vida y el barrio son la vida y la casa de Mónica. ¿Cómo no iba a gritar tanto?
Mónica gritó y se solucionó el conflicto entre los vecinos que hacían fiesta y los que querían dormir; Mónica gritó y dejaron de pegarle al chico aquel; Mónica gritó hasta que vinieron los bomberos la vez del choque; Mónica gritó y repavimentaron la calle; Mónica gritó cuando le pegaron a su hija y después gritó amenazando con pegarle a su hija. Sin dejar ni por un momento de estar recostada contra la puerta de su casa.
A la tarde salgo y la veo a Mónica gritándose con una vecina en su puerta, que es el modo que tiene de charlar y conseguir que alguien le haga las compras.
Tiene la voz que tendría un oso si quisiese hacerse pasar por humano.
La saludo con respeto. Hablamos de anoche, le pregunto si oyó a la mujer que chillaba por celular a un contestador automático (así, por pulsos quebrados era el chillido). Dice que no tanto como a las chicas que iban al boliche acá a la vuelta y se cruzaron con los chicos que también iban al boliche acá a la vuelta. Todos se fueron cuando vinieron dos a molerse a palos, que no se pegaron, pero hicieron volar insultos y botellas.
Por supuesto, Mónica gritó hasta que vino la policía; apenas se despejó la vereda, pasó un borracho cantando y no le importó nada que ya amanecía.
-Yo no puedo entender por qué la gente no se va a gritar a su casa –me dice Mónica-. A gritar, a su casa, señores.
Tiene razón Mónica. En casa simulamos que la procesión va por dentro y nos dan miedo los alaridos que soltamos de madrugada, debajo de cualquier ventana de cualquiera (y tantas veces esa es mi ventana).
Usted tiene razón, Mónica, y tiene la valentía de gritar sus gritos en su casa.
Tacete
Necesitás un coro
Para el coro de tus obsesiones.
Un coro silencioso
que al oír a ese otro,
tu obsecuente,
murmure, hacia la madrugada
“tacete”,
tan bajo como tus obsesiones.
Tacete!, voces,
ya viene el día.
Tacete,
y a dormir
Para el coro de tus obsesiones.
Un coro silencioso
que al oír a ese otro,
tu obsecuente,
murmure, hacia la madrugada
“tacete”,
tan bajo como tus obsesiones.
Tacete!, voces,
ya viene el día.
Tacete,
y a dormir
sábado, 20 de enero de 2018
la razón de nuestras vidas
Es un rectángulo de piedra
Sólo
Solo
Solamente
Ha sido siempre
Un rectángulo de piedra
Sólo
Solo
Solamente
Ha sido siempre
Un rectángulo de piedra
viernes, 22 de diciembre de 2017
Un día que di en llamar Domingo
La vida es injusta
¡De injusta!
Es intemporal
¡Extemporal!
Una aventura por escenarios distintos
En los que vivís
Y yo visito.
Monto un tren
Cargado de frío
Y de fardos.
Un trensiberial
Donde viajan tus hijos
Y los que yo no tuve.
¡Tan rara!
Tan infinitamente rara.
Solo tenemos un tiempo
Para probar su rareza
Te veo allá,
En el árbol
En la maleza.
¡De injusta!
Es intemporal
¡Extemporal!
Una aventura por escenarios distintos
En los que vivís
Y yo visito.
Monto un tren
Cargado de frío
Y de fardos.
Un trensiberial
Donde viajan tus hijos
Y los que yo no tuve.
¡Tan rara!
Tan infinitamente rara.
Solo tenemos un tiempo
Para probar su rareza
Te veo allá,
En el árbol
En la maleza.
domingo, 10 de septiembre de 2017
Rêve de pierre
En un sueño de piedra,
los gritos o el silencio
dan lo mismo, sueño.
Escalones de granito
húmedo y resbaladizo,
las paredes ásperas de pómez,
la luz de cuarzo.
El grito o los silencios que esperan abajo
dan lo mismo,
sueño.
miércoles, 15 de marzo de 2017
La muralla
Hay un sueño recurrente
donde el mar es como una muralla
que no apura el desplomarse.
Ahora, con el mar adelante
veo la muralla y el efecto es cierto.
Como aquella llanura que nos quiere decir algo,
el mar, esa otra llanura etcétera,
nos dice algo que tampoco entendemos
o somos tan inocentes que esperamos
que él diga al modo nuestro.
donde el mar es como una muralla
que no apura el desplomarse.
Ahora, con el mar adelante
veo la muralla y el efecto es cierto.
Como aquella llanura que nos quiere decir algo,
el mar, esa otra llanura etcétera,
nos dice algo que tampoco entendemos
o somos tan inocentes que esperamos
que él diga al modo nuestro.
sábado, 25 de febrero de 2017
Como una tímida Carla
-…drogado con caballo.
-¿Queeé?
-Caballo eees eroína, tío, droga- me dice con un tono muy español -. ¡Qué va!
Ustedes saben a qué tono me refiero. Me gustaría escuchar cómo lo leen en su mente, o en voz alta, a ver si se imaginan lo mismo que yo cuando digo “un tono español”
Dice, y cierra los ojos de una manera blanda. Casi es audible la humedad de los párpados, viscosos por el cansancio de vista, casi se paladea esa viscosidad y eriza la piel de la mandíbula ahí donde está la coyuntura. Ojos bizcos, viscosos.
Era un hombrecito chiquito, con toda el lenguaje corporal de un ser atormentado por la culpa (¡como para no!). Al lado suyo, la chica tenía unos ojos falsos como sin pestañas, ojos de muñeca de porcelana, ojos de cerámica que se cerrarían cuando se acostaba y, al enderezarse, automáticamente volverían a abrirse, podía estar seguro de eso. No sé cuál de los dos me resultaba más repulsivo, y eso que la chica era hermosa, angelical.
La cuestión del interrogatorio venía lenta con la retahíla lacrimosa del enanoide. De repente, la muchacha comenzó a desvestirse, prenda por prenda como en un striptease (Esa misma jovencita encontré años después, pero esa otra vez, una enredadera salía de su boca). El hombrecito se agarraba fuerte, fuerte las manos y miraba para otro lado. Los ojos como sin pestañas de la muñeca me miraban a mí, sin parpadear. Me levanté agarrándome el cinturón…
¿Por qué les dije que el tipo era policía, no?- nos pregunta justo cuando, al fin, la cosa se estaba poniendo interesante.
-Sí- le respondemos a coro, ansiosos por saber cómo termina lo de la chica. Pero justo (para mí es a propósito, un número más de la fiesta), llega la anfitriona con unas máscaras espectrales y empieza a repartirlas con gestos histriónicos. Acá hay que jugar, sí o sí. Es ese tipo de fiesta con la estética preanunciada de “juguemos libremente”, “somos adultos con un niño adentro”, “mi niño es más niño que el tuyo”, “entonces juguemos libremente a esto que te impongo”. Ese tipo de reunión.
Sin chistar, cada uno agarra una máscara y actúa tan “desenfadado” y tan “natural” como puede actuar de tranquilo y natural un adolescente que transita su primera clase de expresión corporal. Chorradas, diría un amigo. Como sea, yo también me pongo la máscara y aprovecho el anonimato para acercarme a una de las invitadas que ya había estado observando antes. Alguien apaga las luces, ¡benditas estas fiestas! -pienso o grito en el tumulto general, mientras siento que la chica en cuestión me agarra de un brazo, me saca la careta con la otra mano y me encaja un beso milagroso (la luz estaba apagada) en la boca. El beso se vuelve apasionado, como se dice para no aclarar por dónde van las manos. Ya me puedo imaginar las mías, mientras le levanto la pollera, explorando las piernas hasta llegar a la bombacha, donde no me detengo, no, no, sino que sigo hasta sentir la suavidad de un pubis recoleto e internarlas en la humedad
-Pero ahí dejaste de prestar atención, a esa altura se te mezclaban las humedades y te imaginaba a la chica teniendo los ojos viscosos del enano…entre las piernas. La atmósfera de la sala de guardia ya era bastante morbosa de por sí para andar agregando información, más a esa hora que todas las cosas parecen ser peores. La puerta se abre: un nene con un cuchillo clavado en la mano; se abre: uno con la nariz y la boca rotas; se abre: un accidentado con un collarín para las cervicales en una camilla; se abre… continuamente, mientras uno espera que lo atiendan por algo que de a poco empieza a parecer ridículamente poco grave.
-Al fin un desnudo frontal masculino –te sobresaltaste de tu propio pensamiento cuando viste entrar al hombre desnudo, pintado completamente de blanco y negro, semi arrastrado por dos enfermeros. Tenía el cráneo roto y la sangre bañaba el piso gris de la guardia:
-Lo usaron de escudo humano en un motín en la cárcel- escuchaste que decía uno de los enfermeros mientras salía de entre las puertas batientes que daban a los quirófanos a donde habían llevado al hombre.
-Rojo, ese debe ser el único color que puede haber en un lugar como este, esta guardia de hospital toda gris, blanca, negra; solo el rojo- sentiste que los pensamientos se te fundían con la historia de Jorge y todo se volvía confuso.
-Ey, ey, no te duermas. No te duermas-te sacudía Jorge preocupado.
-Temgo mucho suemño –intentabas decir y ya el blanco, el rojo y el negro alrededor eran un mismo lago apacible y tibio.
Jorge te estaba sacudiendo, pero no fue eso lo que te despabiló como con un golpe: el hombre desnudo y pintado había salido corriendo como podía por las puertas batientes, chocando un carrito lleno de gasas y recipientes de acero inoxidable. Tres enfermeros habían salido corriendo atrás y lo habían alcanzado justo al lado del asiento donde esperabas que te atendieran:
-Ayudame- decía la boca descompuesta del hombre mientras sus manos blancas, negras y rojas se agarraban de tus zapatos ortopédicos. De un salto, te levantaste y…
-¡Mentira!, Me acordaría perfectamente –le dijo, angustiada, pensando que él se burlaba a costas de aquella confidencia que le había hecho una brillante tarde amarilla, cuando todavía estaba enamorada de él, quizá porque había sido el único hombre al que no le habían importado nada las apariencias y ese verano, en que estaba mal visto por todos los ojos semidesnudos que se paseaban por la playa, la había llevado al mar y a conocer ese calor que no sale sólo del sol sino que brota del mismo suelo y del espejeo del agua tan brillante que parece que hace mal a la vista y en esa confusión de luz del agua y luz de arena y luz solar, como borracha y confundida por el placer de la piel, de los pies granulosos, del abrazo sudado salitre, perfumado de bronces y oleos de coco o banana que le entraban por los poros y por las aletas de la nariz haciéndole sentir que ahí estaba todo, no había más vida que ese momento, se podía decir todo o callar todo porque no había más después y la comunión era infinita como si fuesen ella y Cristo un uno solo bautizándose por primera vez con agua clara, con agua verdadera, le había confesado, riéndose con timidez, pero sin vacilar, la extraña fantasía que tenía con las cebras.
Se volvió a sonrojar por la confesión y lo amarillo de esa tarde; él le ató las manos más fuerte y le acarició el cuello con una sevillana hasta hacerle…
Mientras Carla hablaba, yo no podía creer que una persona como ella me estuviera contando todas estas cosas; miré la mesa y me di cuenta que nos habíamos tomado como cuarenta cafés y que íbamos por el cigarrillo número cien…cada una. Me hizo acordar a lo que una vez -mi primera vez en la isla- me había dicho Silvina:
-Dentro de miles de años, van a llegar extraterrestres a la Tierra y cuando hagan estudios sobre nuestras vísceras petrificadas van a concluir: “Los antiguos habitantes de este planeta se alimentaban a base de café y puchito”.
Pero no tanto por eso que me había dicho (me imaginaba los restos de colilla en el organismo y me moría de risa), sino porque en ese mismo momento, mientras íbamos charlando, nos tropezamos, literalmente, con el hombre que había sido el gran amor de toda su vida. Estaba ahí tirado, totalmente…
-¿Queeé?
-Caballo eees eroína, tío, droga- me dice con un tono muy español -. ¡Qué va!
Ustedes saben a qué tono me refiero. Me gustaría escuchar cómo lo leen en su mente, o en voz alta, a ver si se imaginan lo mismo que yo cuando digo “un tono español”
Dice, y cierra los ojos de una manera blanda. Casi es audible la humedad de los párpados, viscosos por el cansancio de vista, casi se paladea esa viscosidad y eriza la piel de la mandíbula ahí donde está la coyuntura. Ojos bizcos, viscosos.
Era un hombrecito chiquito, con toda el lenguaje corporal de un ser atormentado por la culpa (¡como para no!). Al lado suyo, la chica tenía unos ojos falsos como sin pestañas, ojos de muñeca de porcelana, ojos de cerámica que se cerrarían cuando se acostaba y, al enderezarse, automáticamente volverían a abrirse, podía estar seguro de eso. No sé cuál de los dos me resultaba más repulsivo, y eso que la chica era hermosa, angelical.
La cuestión del interrogatorio venía lenta con la retahíla lacrimosa del enanoide. De repente, la muchacha comenzó a desvestirse, prenda por prenda como en un striptease (Esa misma jovencita encontré años después, pero esa otra vez, una enredadera salía de su boca). El hombrecito se agarraba fuerte, fuerte las manos y miraba para otro lado. Los ojos como sin pestañas de la muñeca me miraban a mí, sin parpadear. Me levanté agarrándome el cinturón…
¿Por qué les dije que el tipo era policía, no?- nos pregunta justo cuando, al fin, la cosa se estaba poniendo interesante.
-Sí- le respondemos a coro, ansiosos por saber cómo termina lo de la chica. Pero justo (para mí es a propósito, un número más de la fiesta), llega la anfitriona con unas máscaras espectrales y empieza a repartirlas con gestos histriónicos. Acá hay que jugar, sí o sí. Es ese tipo de fiesta con la estética preanunciada de “juguemos libremente”, “somos adultos con un niño adentro”, “mi niño es más niño que el tuyo”, “entonces juguemos libremente a esto que te impongo”. Ese tipo de reunión.
Sin chistar, cada uno agarra una máscara y actúa tan “desenfadado” y tan “natural” como puede actuar de tranquilo y natural un adolescente que transita su primera clase de expresión corporal. Chorradas, diría un amigo. Como sea, yo también me pongo la máscara y aprovecho el anonimato para acercarme a una de las invitadas que ya había estado observando antes. Alguien apaga las luces, ¡benditas estas fiestas! -pienso o grito en el tumulto general, mientras siento que la chica en cuestión me agarra de un brazo, me saca la careta con la otra mano y me encaja un beso milagroso (la luz estaba apagada) en la boca. El beso se vuelve apasionado, como se dice para no aclarar por dónde van las manos. Ya me puedo imaginar las mías, mientras le levanto la pollera, explorando las piernas hasta llegar a la bombacha, donde no me detengo, no, no, sino que sigo hasta sentir la suavidad de un pubis recoleto e internarlas en la humedad
-Pero ahí dejaste de prestar atención, a esa altura se te mezclaban las humedades y te imaginaba a la chica teniendo los ojos viscosos del enano…entre las piernas. La atmósfera de la sala de guardia ya era bastante morbosa de por sí para andar agregando información, más a esa hora que todas las cosas parecen ser peores. La puerta se abre: un nene con un cuchillo clavado en la mano; se abre: uno con la nariz y la boca rotas; se abre: un accidentado con un collarín para las cervicales en una camilla; se abre… continuamente, mientras uno espera que lo atiendan por algo que de a poco empieza a parecer ridículamente poco grave.
-Al fin un desnudo frontal masculino –te sobresaltaste de tu propio pensamiento cuando viste entrar al hombre desnudo, pintado completamente de blanco y negro, semi arrastrado por dos enfermeros. Tenía el cráneo roto y la sangre bañaba el piso gris de la guardia:
-Lo usaron de escudo humano en un motín en la cárcel- escuchaste que decía uno de los enfermeros mientras salía de entre las puertas batientes que daban a los quirófanos a donde habían llevado al hombre.
-Rojo, ese debe ser el único color que puede haber en un lugar como este, esta guardia de hospital toda gris, blanca, negra; solo el rojo- sentiste que los pensamientos se te fundían con la historia de Jorge y todo se volvía confuso.
-Ey, ey, no te duermas. No te duermas-te sacudía Jorge preocupado.
-Temgo mucho suemño –intentabas decir y ya el blanco, el rojo y el negro alrededor eran un mismo lago apacible y tibio.
Jorge te estaba sacudiendo, pero no fue eso lo que te despabiló como con un golpe: el hombre desnudo y pintado había salido corriendo como podía por las puertas batientes, chocando un carrito lleno de gasas y recipientes de acero inoxidable. Tres enfermeros habían salido corriendo atrás y lo habían alcanzado justo al lado del asiento donde esperabas que te atendieran:
-Ayudame- decía la boca descompuesta del hombre mientras sus manos blancas, negras y rojas se agarraban de tus zapatos ortopédicos. De un salto, te levantaste y…
-¡Mentira!, Me acordaría perfectamente –le dijo, angustiada, pensando que él se burlaba a costas de aquella confidencia que le había hecho una brillante tarde amarilla, cuando todavía estaba enamorada de él, quizá porque había sido el único hombre al que no le habían importado nada las apariencias y ese verano, en que estaba mal visto por todos los ojos semidesnudos que se paseaban por la playa, la había llevado al mar y a conocer ese calor que no sale sólo del sol sino que brota del mismo suelo y del espejeo del agua tan brillante que parece que hace mal a la vista y en esa confusión de luz del agua y luz de arena y luz solar, como borracha y confundida por el placer de la piel, de los pies granulosos, del abrazo sudado salitre, perfumado de bronces y oleos de coco o banana que le entraban por los poros y por las aletas de la nariz haciéndole sentir que ahí estaba todo, no había más vida que ese momento, se podía decir todo o callar todo porque no había más después y la comunión era infinita como si fuesen ella y Cristo un uno solo bautizándose por primera vez con agua clara, con agua verdadera, le había confesado, riéndose con timidez, pero sin vacilar, la extraña fantasía que tenía con las cebras.
Se volvió a sonrojar por la confesión y lo amarillo de esa tarde; él le ató las manos más fuerte y le acarició el cuello con una sevillana hasta hacerle…
Mientras Carla hablaba, yo no podía creer que una persona como ella me estuviera contando todas estas cosas; miré la mesa y me di cuenta que nos habíamos tomado como cuarenta cafés y que íbamos por el cigarrillo número cien…cada una. Me hizo acordar a lo que una vez -mi primera vez en la isla- me había dicho Silvina:
-Dentro de miles de años, van a llegar extraterrestres a la Tierra y cuando hagan estudios sobre nuestras vísceras petrificadas van a concluir: “Los antiguos habitantes de este planeta se alimentaban a base de café y puchito”.
Pero no tanto por eso que me había dicho (me imaginaba los restos de colilla en el organismo y me moría de risa), sino porque en ese mismo momento, mientras íbamos charlando, nos tropezamos, literalmente, con el hombre que había sido el gran amor de toda su vida. Estaba ahí tirado, totalmente…
lunes, 16 de enero de 2017
no un médico
Es algo químico, dijeron.
No un médico, los médicos no dieron pelota.
Era sólo a la tarde. Lo veía venir desde un rato antes y sabía que la tarde iba a ser de esas.
Se fue una de esas tardes pero no se dio cuenta hasta la noche.
Se había llevado sus cosas mientras miraba el techo y ni las manchas de humedad le hablaban.
Todas. Las cosas.
No un médico, los médicos no dieron pelota.
Era sólo a la tarde. Lo veía venir desde un rato antes y sabía que la tarde iba a ser de esas.
Se fue una de esas tardes pero no se dio cuenta hasta la noche.
Se había llevado sus cosas mientras miraba el techo y ni las manchas de humedad le hablaban.
Todas. Las cosas.
lunes, 29 de agosto de 2016
wishlist
Tacho un nombre propio
un lugar queda ajeno.
Un verbo,
algo inactivo invade.
Una película, una comida, un disco,
algo inactivo acaba
deseos
a lista de objetos perdidos.
domingo, 3 de julio de 2016
Entierro de la Sardina
No creo que hubiese preferido otra vida que esta que llevo, es sólo que a veces me pregunto qué hace la gente que no escucha la radio los domingos.
Escucho radio los domingos desde hace ya una buena cantidad de años. No soy de los que se sientan a escuchar y nada más. Cocino, lavo, arreglo una olla rota, encolo un zapato abierto en la suela o pego un botón, distinto entre todos, de una camisa. No me gusta estar desocupado, nunca me gustó. Y sin embargo, mis leves oficios son cada vez más mínimos y el cumplirlos o no, no cambia nada de mi condición. Pero mejor no pensar en eso porque la inactividad tampoco me daría un consuelo.
Santiago Domínguez. Alguna vez fue un niño prodigio, si no confundo los nombres. Hoy, encara cada domingo, a la tardecita noche que en estos días se vuelve temprana, un programa dedicado a gente que, como yo, prende la radio los domingos. La voz que sale del aparato negro salpicado de grasas de la cocina, con la antena sostenida por un clip y una chapita cualquiera que reemplazó la ruedita del volumen, es una voz que en otro momento, cuando empecé a escucharlo, hubiese tildado de meliflua. Ahora me parece una gran compañía.
La radio acompaña. Es probable que la gente que miró siempre televisión eso no lo entienda. Las voces de la radio están en la casa con uno. Cuántas veces sonrío con un comentario que me involucra directamente, como si Santiago Domínguez supiese tan bien cómo soy que me revela en mis defectos más graciosos, me alienta en mis deseos profundos, realiza mis pensamientos en esa voz grave pero apacible, amiga. Sonrío, sí. Y después me voy a acostar y, mientras me desvisto, las canciones que él ha elegido me siguen al baño donde me tomo mi tiempo para hacer pis y lavarme los dientes.
He llevado la radio a la cama todos los domingos. Las melodías, masculinas suaves, femeninas suaves y dulces; y sé que me quedaré dormido. Aunque en el pecho sienta algo como tristeza, sé también que el domingo con su melancolía, el pasado, el futuro, se irán a alojar a la voz de Santiago Domínguez y él sabrá qué hacer con ellos. Al menos, por el domingo, él los devolverá como hechos que se acercan a la paz.
Pero, ¿cómo es la vida para los otros? ¿Los domingos toda la población hace sus tareas mientras escucha la radio? ¿Qué hará Domínguez el resto de la semana? ¿Cómo será el final de su domingo? ¿Con quién irá a acostarse? ¿Podrá dormir, Santiago Domínguez?
Me había parecido y aquel lunes lo confirmé cuando vi el cartel que anunciaba la visita de Domínguez al teatro de la Sociedad Italiana. Iba a dar una conferencia: “Las voces de lo profundo”. El día era un sábado por la mañana y, como tantos otros, estuve ahí haciendo la cola incluso antes de que abrieran la puerta.
Adentro del teatro me senté bien atrás, con una sensación agradable entre el chucherío de la gente que se iba acomodando y desacomodando mientras esperábamos ansiosos. Hubiese jurado que el lugar iba a estar lleno de mujeres de cierta edad. Sin embargo alguna que otra mujer joven había y otros tantos hombres maduros disputábamos la concurrencia. Alguien sacaba fotos a la gente del público con una cámara muy grande. De a dos o tres sonreían, los retrataba y pasaba al siguiente grupo. Salí a la puerta no fuera cosa que quisieran fotografiarme a mí también y vi acercarse un auto que se estacionó sobre la vereda enfrente y de él bajó al mismísimo Santiago Domínguez hablando por celular.
Hacía malabares con una carpeta, las llaves del auto y el celular entre el oído y el hombro; me acerqué para ayudarlo, pero otro hombre que sería de la organización corrió hacia él y en sus manos, el buen Santiago confió toda su carga. Entraron al teatro por una puertita a un costado. Todavía tuvimos que esperar media hora más hasta que salió al escenario.
La pequeña muchedumbre ahí reunida largó vítores y ovaciones mientras el hombre convertido en ídolo sonreía modestamente y se sentaba frente a una mesa con una única jarra de agua y una copa de vidrio grueso. El muchacho que lo había ayudado le alcanzó la carpeta y le dijo algo en voz baja antes de prender el micrófono.
La voz profunda de Domínguez inundó vibrante y serena la sala y alcanzó para acallar los murmullos:
-Buenas tardes, queridos amigos.
Si cerraba los ojos, podría sentirme como en mi propia cocina. Había un detalle, de todos modos, que me inquietaba: era sábado. Era sábado, por supuesto, lo decía el papel fotocopiado que servía de entrada. Era sábado y Santiago no parecía ser un hombre como yo, sentado ahí arriba, con esas mujeres y hombres escuchándolo, con carpetas y auto, y un celular que sonaba.
La evidencia de mi candidez me hizo avergonzar profunda e inmediatamente como un golpe de calor, miré a la gente que tenía al lado temiendo que pudieran sospecharlo. ¿Quién era este Santiago Domínguez? Tuve que salir a la calle, tomar un poco de aire. ¡Pero era obvio que no iba a tener una vida como la mía! Por algo él siempre estaba de “aquel” lado de la radio. Yo siempre de “este”. ¿Qué consuelo tonto había imaginado para estar un domingo por la tarde solo escuchando la radio? Bueno, que había tantos otros oyentes como yo, y había también un Santiago Domínguez.
Cuando se me pasó la vergüenza sentí la traición, la sentí hondamente: hacernos creer que nuestra vida existía cuando no existía ni siquiera para él. Esa voz era el cúmulo de la hipocresía. Había dejado todo este tiempo que una voz penetrara en mi propia casa y me mintiera. No iba a volverme con ese enojo a poner la radio en mi cocina. Esperé a que el hombre saliera y terminara de sacarse fotos y firmar autógrafos en las copias de su libro Voces de lo profundo que había salido a la venta unas semanas antes.
Una vez que se disipó la concurrencia, Santiago Domínguez subió a su auto y, antes de darle tiempo de reaccionar, me subí al asiento del acompañante. Me sentí un poco culpable, no quería aparecer como un loco, pensaba que se me debían algunas respuestas nomás. Abrí la ventanilla de mi lado como invitándolo a que hiciera lo mismo, no había que temer el encierro.
-¿Qué hace?-la voz le sonó extrañamente afectada, aguda, casi histérica.
-Usted me debe unas cuantas respuestas. Maneje. Quiero conocer su casa.
-No, mi casa no.
-Vamos- se lo veía turbado, pero se lo pensó mejor antes de decir que no.
-Es depende lo que quiera saber.
-Cómo se vive más allá del domingo. Sabe, alguna vez yo pensé que mi vida iba a ser distinta.
-No hay nada de qué avergonzarse.
-Sin embargo, me parece que usted no lleva una vida de domingo. Quiero conocer su casa.
Y hacia allá fuimos. El camino fue largo y no hablamos mucho, no estoy acostumbrado a hacer charla y el hombre no parecía muy dispuesto tampoco. Finalmente llegamos, era un edificio tirando a viejo pero muy lindo. Pensé que iba a intentar salir corriendo, pero en vez, me esperó a que bajara y me hizo pasar. El viaje en ascensor fue incómodo también, por suerte no eran tantos pisos. Una mujer esperaba del otro lado de la puerta y detrás de ella pude ver una escalera que subía a una segunda planta interna, lindo bulín.
-Invité a un amigo.
-Pero hoy vienen tus hijos.
-Es por una entrevista importante.
Me presenté a la mujer, que era a las claras su esposa aunque la diferencia de edad era notable. Me llevó a una biblioteca y me dejó ahí esperándolo. Había muchos libros en los estantes. Me paseé frente a las paredes cubiertas de fotos. Tenían algunos años y en todas ellas aparecía Santiago. Junto con sus hijos chicos, con Susana Giménez, Marcelo Tinelli y un grupito, con Fernando Bravo e incluso una con Tato Bores. Había decenas de fotos más, pero a los otros no los tenía de vista, probablemente gente de la televisión. En una vitrina había una placa que decía “Premio Éter a la conducción masculina en AM 1997”.
Cuando Santiago volvió a entrar, traía dos vasos con whisky y me alcanzó uno. Me dijo que sus hijos, “de mi primer matrimonio” aclaró, venían los sábados a cenar. “Temprano porque soy un hombre estructurado, y los domingos preparo mi programa de radio”. Cierto. Se sentó en un sillón y me invitó a sentarme delante de él. Me ofreció un cigarrillo que acepté como el whisky.
-Fumo muy poco – me dijo como disculpándose-, usted me entiende, pero ahora estoy nervioso.
No quería ponerlo nervioso, me angustió su voz que se había puesto otra vez aguda y exaltada. Le dije:
-No quiero ponerlo nervioso.
-¿Qué quiere?
-Preguntarle cosas. Cosas sobre su domingo.
-Diga, entonces.
Sentado ahí, enfrente de él, me di cuenta que no sabía qué decir. En parte, todo lo que quería saber ya lo había confirmado. ¿Qué le iba a preguntar? ¿Por qué me había engañado todos estos domingos? ¿Iba realmente a acusarlo de no llevar una vida como la mía? ¿O de simular que sí lo hacía? Por suerte mi silencio no duró mucho porque sonó un timbre y después se escuchó gente. Dos nenitos casi de la misma edad entraron corriendo en la biblioteca y saltaron sobre el abuelo haciéndole caer la ceniza del cigarrillo al piso, chocando la mesita que nos separaba, tocando todos los adornos y estatuillas que había por ahí. Me sorprendió que la voz de Domínguez se pusiera aún más aguda y alterada. “Acá no se juega. Afuera del estudio. Cuidado con eso”.
Una vez que salimos todos, el hombre estaba más apaciguado y se veía que disfrutaba de la familia.
-Yo me voy –dije.
-Muy bien, le llamo un taxi.
-No, muchas gracias, me tomo el colectivo.
-Vamos, tómese un taxi de vuelta a casa.
-Es lejos, sería muy caro.
-No se preocupe, hombre, tome, yo se lo pago. Y no se olvide, mañana lo espero, como todos los domingos.
Su voz era otra vez profunda y melodiosa. Confieso que empecé una sonrisa cuando escuché la frase, clásica ya, de sus anuncios, pero logré transformarla justo a tiempo. Confieso también -total qué importa- que deseé que me invitara a quedarme a comer o que me dijera “¿Por qué no se viene a cenar todos los sábados?” ¡Qué tonto que sos! Me gritaba mentalmente mientras subía al taxi con la plata que Santiago me había puesto en la mano, ¿qué te esperabas? Si ni siquiera te preguntó el nombre.
Ayer he vuelto a casa en taxi gracias a Domínguez, es cierto, pero he resuelto no dejarme vencer tan fácilmente. Hoy suena Marcha Fúnebre de Chopin en radio Amadeus que de todas maneras, a esta altura del partido, está a punto de conquistar y dominar todo el dial.
miércoles, 27 de abril de 2016
El viento al hocico del Trickster
Olfatea la ventana abierta con golpes rápidos y secos
abre las fosas como trincheras.
Vuela aire del descampado, polvo de tiestos crudos,
ráfagas de humo de pipa, cigarrillo armado;
autos, colectivos, ambulancias, camiones por Huergo
con carga de vacas y novillitos al matadero.
Moscas del basurero (y de un camión de basura
que sube por el empedrado);
trae el color del sol que es el cielo;
la siesta lenta del sábado de vacaciones.
El trickster baja el hocico, se para en dos patas.
Con las manos en el cinto recorre Buenos Aires
por una marcha de protestantes veraniegos.
Les llena los ojos de la playa deseada,
de viento que arrastra en su hocico
generaciones, coyote chacal, antiguas o salvajes.
abre las fosas como trincheras.
Vuela aire del descampado, polvo de tiestos crudos,
ráfagas de humo de pipa, cigarrillo armado;
autos, colectivos, ambulancias, camiones por Huergo
con carga de vacas y novillitos al matadero.
Moscas del basurero (y de un camión de basura
que sube por el empedrado);
trae el color del sol que es el cielo;
la siesta lenta del sábado de vacaciones.
El trickster baja el hocico, se para en dos patas.
Con las manos en el cinto recorre Buenos Aires
por una marcha de protestantes veraniegos.
Les llena los ojos de la playa deseada,
de viento que arrastra en su hocico
generaciones, coyote chacal, antiguas o salvajes.
viernes, 16 de octubre de 2015
Las ciudades y el olvido 1
En cuanto cruzó la esquina y vio el cartel verde que decía Avenida 9 de Juglio, sintió que descargaba un peso de los hombros: se irguió un poco más, levantó un poco más la cabeza. Para cuando llegó a la Avenida de Maryo, fue como si se sacara una inmensa mochila casi por completo. Como si se quedara sin pasado, pensó. Aunque recordaba perfectamente su pasado. Cuando era chico, cuando fue a la escuela, su familia, que se yo, se acordaba de todo, y sin embargo la sensación era la de perder de un solo movimiento todo el peso de un pasado cansino, culposo, angustiante, peleador, malevo, violento. Av. Belgano, Av. Irreverencia, Juan Domingo Faustino Caballo.
-Las calles de siempre, las que camino siempre- consideró, sin darse cuenta de alguna que otra diferencia. Tranquilo, un cuerpo vacío de símbolos, un cuerpo leve. Un ojos sin cansancio ni historia.
Empezar de nuevo, todo.
-Las calles de siempre, las que camino siempre- consideró, sin darse cuenta de alguna que otra diferencia. Tranquilo, un cuerpo vacío de símbolos, un cuerpo leve. Un ojos sin cansancio ni historia.
Empezar de nuevo, todo.
miércoles, 7 de octubre de 2015
lumenes
Lúmenes blancos, amarillos, rojos
verdes, violetas, celestes.
En algún o ningún lado,
sos corpúsculo o fluido
viajando a velocidades ordinarias a la luz.
Al mirar para atrás, vas persiguiéndote en estampas mudas.
¿Hay cuerpos y hay caras?
¿O cada irradiación humana
pasa a rozar un planeta y habitarlo,
le da forma a una luna de Plutón?
En éxodo silencioso busco imágenes precisas
que iniciaron un trayecto hace años.
Voy detrás. Siempre atrás.
No logro ver qué proyectan.
Calculo escenas sin sonido
que veré desatarse a la galaxia.
Así como es la imaginación de la memoria.
verdes, violetas, celestes.
En algún o ningún lado,
sos corpúsculo o fluido
viajando a velocidades ordinarias a la luz.
Al mirar para atrás, vas persiguiéndote en estampas mudas.
¿Hay cuerpos y hay caras?
¿O cada irradiación humana
pasa a rozar un planeta y habitarlo,
le da forma a una luna de Plutón?
En éxodo silencioso busco imágenes precisas
que iniciaron un trayecto hace años.
Voy detrás. Siempre atrás.
No logro ver qué proyectan.
Calculo escenas sin sonido
que veré desatarse a la galaxia.
Así como es la imaginación de la memoria.
miércoles, 12 de agosto de 2015
Corta la rienda
Teniendo siempre la rienda bien corta
Para que no se encabrite el caballo,
la yegua de la noche que amenaza
despierta a los bordes de la cama.
Tengo miedo.
Ruego, nada más, no se desboque
Mientras llega la noche a la casa
(la rutina de día simula tenerla a raya.)
Tengo miedo y no sé si el miedo
es locura o la desata.
YE, yeguas de la noche
Quédense a los bordes
de la cama y el sueño.
Ya no hay calma.
La casa está deshabitada.
NO, no te desboques
yegua
de la noche,
NO
me lleves
a un lugar desconocido
No te encabrites, NO
no me dejes
lejos de la calle.
Tirada
Para que no se encabrite el caballo,
la yegua de la noche que amenaza
despierta a los bordes de la cama.
Tengo miedo.
Ruego, nada más, no se desboque
Mientras llega la noche a la casa
(la rutina de día simula tenerla a raya.)
Tengo miedo y no sé si el miedo
es locura o la desata.
YE, yeguas de la noche
Quédense a los bordes
de la cama y el sueño.
Ya no hay calma.
La casa está deshabitada.
NO, no te desboques
yegua
de la noche,
NO
me lleves
a un lugar desconocido
No te encabrites, NO
no me dejes
lejos de la calle.
Tirada
miércoles, 24 de junio de 2015
lleva el mar
te lleva el mar
que esconde un desierto
seco y húmedo
al mismo tiempo
como llorar
te primavera y verano
otoño e invierno
te lleva el mar
que es como un desierto
tan inmenso entonces
que te pierdo
te encuentro
te encuentro
te piedro
te roca, te sal
te viento
te lleva el mar
tan lento tan lento
que esconde un desierto
seco y húmedo
al mismo tiempo
como llorar
te primavera y verano
otoño e invierno
te lleva el mar
que es como un desierto
tan inmenso entonces
que te pierdo
te encuentro
te encuentro
te piedro
te roca, te sal
te viento
te lleva el mar
tan lento tan lento
jueves, 18 de junio de 2015
Gato amarillo
Cada vez que miré hacia atrás, no importa cuánto tiempo atrás, me pareció, siempre, darme cuenta que mis formas de actuar o de reaccionar fueron de alguna forma, en alguna medida, enloquecidas. Aún cuando pensé estar en paz o me sentía superado- más allá del bien y del mal, como dicen- o cuando me sentía tranquilo o al contrario, obsesionado con algo, que se yo, lo que fuera, todos, todos, absolutamente todos, fueron comportamientos obsesivos: desvaríos varios, creencias psicóticas, neurosis nerviosas, todas juntas. Tal vez alguien se daba cuenta de que actuaba como un loco, como alguien que no es siempre sí mismo si no muchas veces muchos... muchos locos. Yo no, yo no me daba cuenta, y te aseguro que en todo caso, tampoco tantos se dieron cuenta sino... sino las cosas en mi vida hubiesen sido muy distintas, te lo aseguro. A la larga se me hizo evidente que toda manera de actuar y toda forma de ser y toda decisión que se toma surge de algún arranque de locura o, si querés, de un desvío de la personalidad, de la exageración y del empecinamiento. ¿Desvío de qué? No sé, porque tampoco he llegado a encontrar una vía recta, directamente me parece que no hay una vía. Nos las hemos pasado discutiendo sobre lo que es social o natural o cultural, ¡qué inocencia!, escondíamos el afán último de que una vía recta hubiese con la que comparar.-Se enderezó de golpe.
-Me acuerdo que alguna vez fui feliz.-Y volvió a desarmarse.-Pero no me acuerdo mucho. No me acuerdo cómo se sentía. No hay grado cero de ser persona. No hay cómo ser persona, ni siquiera siendo.
El gato amarillo lo miró desde el otro lado del patio guiñando un ojo, tal vez por la brisa que corría. Se recostó sobre el respaldo de la silla porque a medida que hablaba se había ido inclinando hacia el gato.-Tal vez esto.-pensó. El aire se levantó suave pero calmaba el calor de la tarde. Alzó la pera para que le diera en el cuello y guiñó primero un ojo y después el otro hasta que los dos quedaron cerrados. De golpe vino un viento y se llevó todo el verano.
-Me acuerdo que alguna vez fui feliz.-Y volvió a desarmarse.-Pero no me acuerdo mucho. No me acuerdo cómo se sentía. No hay grado cero de ser persona. No hay cómo ser persona, ni siquiera siendo.
El gato amarillo lo miró desde el otro lado del patio guiñando un ojo, tal vez por la brisa que corría. Se recostó sobre el respaldo de la silla porque a medida que hablaba se había ido inclinando hacia el gato.-Tal vez esto.-pensó. El aire se levantó suave pero calmaba el calor de la tarde. Alzó la pera para que le diera en el cuello y guiñó primero un ojo y después el otro hasta que los dos quedaron cerrados. De golpe vino un viento y se llevó todo el verano.
martes, 9 de junio de 2015
Esperanza
Es de algún tiempo que te espero
Es cierto que espero en contra de la física,
en contra de la anatomía y del tiempo,
de la Biblia, de la evolución, en contra de la Historia
que es una y lineal y de la Naturaleza
que es cíclica, dicen, pero no devuelve;
en contra de los primitivos totémicos
y de la transmigración de las almas;
en contra de los Epicúreos y de los Estoicos.
Es mi primera vez sobre este mundo y todo aquello yo
no lo he experimentado y es cierto
que espero encontrarte en algún lado.
Es de tanto tiempo que te espero.
Es cierto que espero en contra de la física,
en contra de la anatomía y del tiempo,
de la Biblia, de la evolución, en contra de la Historia
que es una y lineal y de la Naturaleza
que es cíclica, dicen, pero no devuelve;
en contra de los primitivos totémicos
y de la transmigración de las almas;
en contra de los Epicúreos y de los Estoicos.
Es mi primera vez sobre este mundo y todo aquello yo
no lo he experimentado y es cierto
que espero encontrarte en algún lado.
Es de tanto tiempo que te espero.
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