domingo, 27 de mayo de 2018

Mónica

Nadie parece gritar en su casa, sino esperar a estar lejos en una esquina cualquiera, debajo de la ventana de algún otro cualquiera para gritar toda la noche. Sea una fiesta, sea una pelea, sea un borracho.
Muy a menudo, esa ventana parece ser la mía. Parece la única ventana cualquiera para gritarle a la noche en todo Buenos Aires.

Por ejemplo, anoche, nomás me acuesto, escucho la voz era de un hombre y lo que decía era violento. Floté hasta ahí buscando a otra persona que sería la que no contestaba, acurrucada contra la pared de un portal recibiendo los gritos, pero no había nadie más.
El hombre gritaba entusiasmado, sin embargo, y en eso parecía que se le iba la vida, que quizás ya se le había ido. Gritaba solo como quien le aúlla a la noche.

¿Faltaba plata? ¿Había una denuncia? ¿Un engaño? No es fácil discernir en estos casos. Porque no se grita con contenido; se gritan incoherencias y partes finales de oraciones. Especialmente, se grita en aumento al llegar a un punto.
Se gritan nombres y muchos insultos y canciones, pero no de dónde vienen ni de qué tratan.

En un momento de la noche, llegó una pareja y espantó al gritador con aullidos de juerga. No una parejita feliz, una pareja de gritos y de carcajadas peladas. Carcajadas que después eran alaridos y ya peleas para las cuatro, cinco de la mañana, para la hora en la que, de todos modos, tenían que dejarle lugar a un borracho.
¿Borracho adulador o detractor de la vida? ¿Con amigos que quieren subirlo a un taxi o con espectadores que aplauden y brindan por cada alarido?
También floto hasta ellos, les miro las caras para ver si esto es por un rato o sigue toda la velada.

Gris, metálicas se ponen las paredes cuando se apagan las lámparas de alumbrado público. Yo lo noto, detrás de la ventana; ellos lo notan, y se empiezan a ir cantando, o callados en reflexión, como si salieran de misa, donde comulgaron con mi ventana y recibieron el agua bendita de una vecina del segundo piso.
¡Oh, señor, aquí van tus feligreses, míralos, borrachos y cantando, de vuelta a sus casas, a sacarse los zapatos en puntas de pie, susurrar con medias y pedirle perdón a la madre! Pero, sobre todo, a dormir lejos de ventanas y gritos, porque nadie grita en su casa.

De acuerdo, hasta acá todo es cierto.

Pero después, más allá, está Mónica. Mónica sí grita en su casa. Y la casa de Mónica es el barrio. Y la vida de Mónica es la vida. Y nuestra vida y el barrio son la vida y la casa de Mónica. ¿Cómo no iba a gritar tanto?

Mónica gritó y se solucionó el conflicto entre los vecinos que hacían fiesta y los que querían dormir; Mónica gritó y dejaron de pegarle al chico aquel; Mónica gritó hasta que vinieron los bomberos la vez del choque; Mónica gritó y repavimentaron la calle; Mónica gritó cuando le pegaron a su hija y después gritó amenazando con pegarle a su hija. Sin dejar ni por un momento de estar recostada contra la puerta de su casa.

A la tarde salgo y la veo a Mónica gritándose con una vecina en su puerta, que es el modo que tiene de charlar y conseguir que alguien le haga las compras.
Tiene la voz que tendría un oso si quisiese hacerse pasar por humano.
La saludo con respeto. Hablamos de anoche, le pregunto si oyó a la mujer que chillaba por celular a un contestador automático (así, por pulsos quebrados era el chillido). Dice que no tanto como a las chicas que iban al boliche acá a la vuelta y se cruzaron con los chicos que también iban al boliche acá a la vuelta. Todos se fueron cuando vinieron dos a molerse a palos, que no se pegaron, pero hicieron volar insultos y botellas.
Por supuesto, Mónica gritó hasta que vino la policía; apenas se despejó la vereda, pasó un borracho cantando y no le importó nada que ya amanecía.

-Yo no puedo entender por qué la gente no se va a gritar a su casa –me dice Mónica-. A gritar, a su casa, señores.

Tiene razón Mónica. En casa simulamos que la procesión va por dentro y nos dan miedo los alaridos que soltamos de madrugada, debajo de cualquier ventana de cualquiera (y tantas veces esa es mi ventana).

Usted tiene razón, Mónica, y tiene la valentía de gritar sus gritos en su casa.

Tacete

Necesitás un coro
Para el coro de tus obsesiones.
Un coro silencioso
que al oír a ese otro,
tu obsecuente,
murmure, hacia la madrugada
“tacete”,
tan bajo como tus obsesiones.

Tacete!, voces,
ya viene el día.
Tacete,
y a dormir

sábado, 20 de enero de 2018

la razón de nuestras vidas

Es un rectángulo de piedra
Sólo
Solo
Solamente

Ha sido siempre
Un rectángulo de piedra

viernes, 22 de diciembre de 2017

Un día que di en llamar Domingo

La vida es injusta
¡De injusta!
Es intemporal
¡Extemporal!
Una aventura por escenarios distintos
En los que vivís
Y yo visito.

Monto un tren
Cargado de frío
Y de fardos.
Un trensiberial
Donde viajan tus hijos
Y los que yo no tuve.

¡Tan rara!
Tan infinitamente rara.


Solo tenemos un tiempo
Para probar su rareza

Te veo allá,
En el árbol


En la maleza.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Rêve de pierre


En un sueño de piedra,
los gritos o el silencio
dan lo mismo, sueño.
Escalones de granito
húmedo y resbaladizo,
las paredes ásperas de pómez,
la luz de cuarzo.

El grito o los silencios que esperan abajo
dan lo mismo,
sueño.

miércoles, 15 de marzo de 2017

La muralla

Hay un sueño recurrente
donde el mar es como una muralla
que no apura el desplomarse.
Ahora, con el mar adelante
veo la muralla y el efecto es cierto.

Como aquella llanura que nos quiere decir algo,
el mar, esa otra llanura etcétera,
nos dice algo que tampoco entendemos
o somos tan inocentes que esperamos
que él diga al modo nuestro.

sábado, 25 de febrero de 2017

Como una tímida Carla

-…drogado con caballo.
-¿Queeé?
-Caballo eees eroína, tío, droga- me dice con un tono muy español -. ¡Qué va!
Ustedes saben a qué tono me refiero. Me gustaría escuchar cómo lo leen en su mente, o en voz alta, a ver si se imaginan lo mismo que yo cuando digo “un tono español”

Dice, y cierra los ojos de una manera blanda. Casi es audible la humedad de los párpados, viscosos por el cansancio de vista, casi se paladea esa viscosidad y eriza la piel de la mandíbula ahí donde está la coyuntura. Ojos bizcos, viscosos.
Era un hombrecito chiquito, con toda el lenguaje corporal de un ser atormentado por la culpa (¡como para no!). Al lado suyo, la chica tenía unos ojos falsos como sin pestañas, ojos de muñeca de porcelana, ojos de cerámica que se cerrarían cuando se acostaba y, al enderezarse, automáticamente volverían a abrirse, podía estar seguro de eso. No sé cuál de los dos me resultaba más repulsivo, y eso que la chica era hermosa, angelical.
La cuestión del interrogatorio venía lenta con la retahíla lacrimosa del enanoide. De repente, la muchacha comenzó a desvestirse, prenda por prenda como en un striptease (Esa misma jovencita encontré años después, pero esa otra vez, una enredadera salía de su boca). El hombrecito se agarraba fuerte, fuerte las manos y miraba para otro lado. Los ojos como sin pestañas de la muñeca me miraban a mí, sin parpadear. Me levanté agarrándome el cinturón…

¿Por qué les dije que el tipo era policía, no?- nos pregunta justo cuando, al fin, la cosa se estaba poniendo interesante.
-Sí- le respondemos a coro, ansiosos por saber cómo termina lo de la chica. Pero justo (para mí es a propósito, un número más de la fiesta), llega la anfitriona con unas máscaras espectrales y empieza a repartirlas con gestos histriónicos. Acá hay que jugar, sí o sí. Es ese tipo de fiesta con la estética preanunciada de “juguemos libremente”, “somos adultos con un niño adentro”, “mi niño es más niño que el tuyo”, “entonces juguemos libremente a esto que te impongo”. Ese tipo de reunión.
Sin chistar, cada uno agarra una máscara y actúa tan “desenfadado” y tan “natural” como puede actuar de tranquilo y natural un adolescente que transita su primera clase de expresión corporal. Chorradas, diría un amigo. Como sea, yo también me pongo la máscara y aprovecho el anonimato para acercarme a una de las invitadas que ya había estado observando antes. Alguien apaga las luces, ¡benditas estas fiestas! -pienso o grito en el tumulto general, mientras siento que la chica en cuestión me agarra de un brazo, me saca la careta con la otra mano y me encaja un beso milagroso (la luz estaba apagada) en la boca. El beso se vuelve apasionado, como se dice para no aclarar por dónde van las manos. Ya me puedo imaginar las mías, mientras le levanto la pollera, explorando las piernas hasta llegar a la bombacha, donde no me detengo, no, no, sino que sigo hasta sentir la suavidad de un pubis recoleto e internarlas en la humedad

-Pero ahí dejaste de prestar atención, a esa altura se te mezclaban las humedades y te imaginaba a la chica teniendo los ojos viscosos del enano…entre las piernas. La atmósfera de la sala de guardia ya era bastante morbosa de por sí para andar agregando información, más a esa hora que todas las cosas parecen ser peores. La puerta se abre: un nene con un cuchillo clavado en la mano; se abre: uno con la nariz y la boca rotas; se abre: un accidentado con un collarín para las cervicales en una camilla; se abre… continuamente, mientras uno espera que lo atiendan por algo que de a poco empieza a parecer ridículamente poco grave.
-Al fin un desnudo frontal masculino –te sobresaltaste de tu propio pensamiento cuando viste entrar al hombre desnudo, pintado completamente de blanco y negro, semi arrastrado por dos enfermeros. Tenía el cráneo roto y la sangre bañaba el piso gris de la guardia:
-Lo usaron de escudo humano en un motín en la cárcel- escuchaste que decía uno de los enfermeros mientras salía de entre las puertas batientes que daban a los quirófanos a donde habían llevado al hombre.
-Rojo, ese debe ser el único color que puede haber en un lugar como este, esta guardia de hospital toda gris, blanca, negra; solo el rojo- sentiste que los pensamientos se te fundían con la historia de Jorge y todo se volvía confuso.
-Ey, ey, no te duermas. No te duermas-te sacudía Jorge preocupado.
-Temgo mucho suemño –intentabas decir y ya el blanco, el rojo y el negro alrededor eran un mismo lago apacible y tibio.
Jorge te estaba sacudiendo, pero no fue eso lo que te despabiló como con un golpe: el hombre desnudo y pintado había salido corriendo como podía por las puertas batientes, chocando un carrito lleno de gasas y recipientes de acero inoxidable. Tres enfermeros habían salido corriendo atrás y lo habían alcanzado justo al lado del asiento donde esperabas que te atendieran:
-Ayudame- decía la boca descompuesta del hombre mientras sus manos blancas, negras y rojas se agarraban de tus zapatos ortopédicos. De un salto, te levantaste y…

-¡Mentira!, Me acordaría perfectamente –le dijo, angustiada, pensando que él se burlaba a costas de aquella confidencia que le había hecho una brillante tarde amarilla, cuando todavía estaba enamorada de él, quizá porque había sido el único hombre al que no le habían importado nada las apariencias y ese verano, en que estaba mal visto por todos los ojos semidesnudos que se paseaban por la playa, la había llevado al mar y a conocer ese calor que no sale sólo del sol sino que brota del mismo suelo y del espejeo del agua tan brillante que parece que hace mal a la vista y en esa confusión de luz del agua y luz de arena y luz solar, como borracha y confundida por el placer de la piel, de los pies granulosos, del abrazo sudado salitre, perfumado de bronces y oleos de coco o banana que le entraban por los poros y por las aletas de la nariz haciéndole sentir que ahí estaba todo, no había más vida que ese momento, se podía decir todo o callar todo porque no había más después y la comunión era infinita como si fuesen ella y Cristo un uno solo bautizándose por primera vez con agua clara, con agua verdadera, le había confesado, riéndose con timidez, pero sin vacilar, la extraña fantasía que tenía con las cebras.

Se volvió a sonrojar por la confesión y lo amarillo de esa tarde; él le ató las manos más fuerte y le acarició el cuello con una sevillana hasta hacerle…

Mientras Carla hablaba, yo no podía creer que una persona como ella me estuviera contando todas estas cosas; miré la mesa y me di cuenta que nos habíamos tomado como cuarenta cafés y que íbamos por el cigarrillo número cien…cada una. Me hizo acordar a lo que una vez -mi primera vez en la isla- me había dicho Silvina:

-Dentro de miles de años, van a llegar extraterrestres a la Tierra y cuando hagan estudios sobre nuestras vísceras petrificadas van a concluir: “Los antiguos habitantes de este planeta se alimentaban a base de café y puchito”.

Pero no tanto por eso que me había dicho (me imaginaba los restos de colilla en el organismo y me moría de risa), sino porque en ese mismo momento, mientras íbamos charlando, nos tropezamos, literalmente, con el hombre que había sido el gran amor de toda su vida. Estaba ahí tirado, totalmente…