martes, 20 de mayo de 2014

Fundición

Tengo miedo que se nos fundan partes del cuerpo y al otro día no podamos salir caminando cada uno por su lado, una rodilla con otra rodilla, los brazos con la espalda, tu boca con mi pelo o el cuerpo entero, y andar como una masa de persona informe que no conoce otra realidad que su calor nocturno. Ya es un poco así la mañana.

miércoles, 19 de marzo de 2014

vivo

vivo en una casa que no es mía. vivo donde yo. vivo donde el hogar no se enciende salvo este invierno. vivo desde siempre donde vos

jueves, 16 de enero de 2014

Todas mis plazas tienen mesas de ajedrez

¿Querés que te cuente tu historia¿ Me la acuerdo muy bien. Venías caminando solo y yo pensé Qué curioso individuo. Tenías el sacón, pero no era eso lo llamativo. Era tu sombrero. La gente no suele andar de sombrero estos días. Un hermoso sombrero con alas. Desee que vinieras con ese sombrero inmediatamente. Caminabas como sin rumbo, pensativo o triste, posiblemente las dos cosas. Nunca habías visto mi plaza, seguramente, y te atrajeron las mesas de ajedrez. A la gente pensativa le atraen. Y también a algunos viejos. Cruzaste la calle directamente hacia las mesas. Y ahí debes haber visto lo primero que te llamó la atención. Mi viejo jugador eternizado, sentado tan firme a media sonrisa, con la cara en una mano. Qué extraña estatua, habrás pensado, porque diste un rodeo y seguiste caminando. Después viste al nene haciendo pis en la fuente. Tal vez ni lo notaste casi, por el agua que le cae para siempre como lluvia. Por un lado es hermoso, pero un poco irreverente, meando en mi fuente. Si al principio lo hice como castigo, debo admitir que ahora es su venganza. Lo esquivo. Después viste a los amantes entre las flores, siempre a punto de darse un beso. Otra pequeña equivocación, ahora me pone nervioso mirarlos. Debí haber esperado un poco. Y más allá la más hermosa de todas. Mi propia sabina, trepando a un árbol, su padre y su hermano enlazados a sus piernas mientras la alzan para que alcance una pelota. Esa fue sin duda la que más te sorprendió. Ahí vi que estabas asustado. Empezaste a caminar rápido. ¿Qué locura sería esta¿ ¿ Qué crueldad¿ Ya te estabas yendo, era una pena, te faltó ver tantas. Y entonces el viento te voló el sombrero, lo tuviste que correr un poco plaza adentro. Te vi levantarlo, sacudirle la copa y elegí el momento cuando lo diste vuelta entre tus manos para inmortalizarte. Hermoso bebedero, de veras. ¿O no estás contento con todos los pájaros que te visitan¿

precipitado

nos estamos precipitando, nos precipitamos como toda precipitación, nos precipitamos al vacío, que también no(s) está un poco alrededor y nos hace perdernos sentido, como la precipitación, al tanto repetirla nos desaforamos, estamos desaforados nos desanudamos, de noche, nos desnudamos, en una desaforada precipitación al vacío desaforada sin foros sin forros desaforrada y precipitada de precipicios, sin finales y sin principios banales, vacíos nos somos vacíos y precipitados porque estamos desaforados y desnudos y escondidos

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Ubicuidad del crimen 2 (saqueos)

Intencionalmente o no, la simbiosis a la que llegó la relación entre “acuartelamientos” policiales -que son en verdad paros y movilizaciones por aumento de sueldos- y los saqueos a comercios nos dejó con la sensación -y la expresión directa también- de que la policía salió a saquear. Lo llamativo, en todo caso, es la relación de inmediatez entre uno y otro suceso. La inmediatez entre que no haya policía “en la calle” y que un grupo más o menos grande o total de gente salga a lo que comúnmente se conoce como robar. Hablando de sensaciones, da la sensación de encontrarnos otra vez con lo mismo que sucede con las cámaras de seguridad: si no hay presencia policial, vigilancia, lo que sea, mejor ni salir a la calle porque la ciudad se transforma en una hecatombe de robos, tironeos, e incluso tiroteos; el territorio libre de los criminales. “La zona liberada”. Esos que están al acecho en cada esquina esperando que la policía no esté para cometer cualquier tipo de exabruptos. La gente teme por sus vidas, no solo por su propiedad. Y se da el caso absurdo, y gracioso, de que los habitantes decidimos abandonar el uso de nuestra propia ciudad porque nos sentimos amenazados por un horda de gente que tiene menos que nosotros y está dispuesta a tomar lo que no tiene; o la más graciosa variable de habitantes que creemos que tenemos más que el resto y por eso vivimos en una posición terriblemente frágil, vìctimas potenciales y constantes de un “saqueo” latente. Si son por hambre o no hambre, esa no es la cuestión. La cuestión es que por miedo dejamos nuestra vida cotidiana que, aparentemente, solo existe como tal gracias a la presencia policial. ¿Vivíamos en una distopía policíaca de Bradbury y no nos habíamos dado cuenta? ¿Si no hay policía, nos tenemos que atrincherar detrás de -todos lo sabemos- debilísimas puertas pentágono a rogar que nadie nos haga nada hasta que vuelva la policía y podamos volver a transitar nuestra ciudad como si siempre hubiese sido eso: nuestra? Dejemos de lado el hecho conocido de que una enorme cantidad de la población de todas las clases sociales se la pasa diciendo, y regodeándose de decirlo, “yuta hija de puta” y haciéndose la anti sistema (algunos jurarán ser de izquierda) tirándole piedrazos cuando se la tienen que bancar enfrente de un edificio público, para acusarlos después de golpistas porque se acuartelan para exigir un sueldo de 8.500 (¡!) pesos a cambio de arriesgarse a recibir un balazo, de cana o de civil, en actividad o de franco; porque los mismo “yutajadeputa” no se animan a salir de casa cuando no hay nadie defendiéndolos de “eso otro” . Dejando de lado eso, resulta que otra vez comprobamos que es una ciudad sin crimen, más bien una gran masa indiscernible con breves cortes de cámaras…y policías. Temor demencial.

domingo, 20 de octubre de 2013

Ubicuidad del crimen

Lo cierto, comprobado ayer con un nuevo choque en Once, es que las cámaras de seguridad no están para prevenir en nombre de una seguridad a futuro, una seguridad que es el sinónimo de un estado siempre frágil donde el cuerpo humano se resguarda de posibles agresiones, físicas o psicológicas. Lo cierto es que tampoco son los ojos del voyeur que ha “nacido” en esta época. Puede ser, es cierto, que haya hoy en día más desembozamiento, menos mediación, menos, en fin, relato, narración, de los hechos criminales y perversos, del voyeurismo de la vida del otro, pero eso es más una posibilidad técnica que un verdadero cambio de la psiquis humana. (El otro día leía en una novela de Agatha Christie que una joven amaba las películas policiales, y tragaba las noticias sobre crímenes en los diarios.) La pasión por el voyeurismo de la perversión del otro, por la vida del otro, que es en sí ya una forma de perversión, es hace mucho tiempo una pasión humana. En el choque de trenes de ayer creo que ha quedado en evidencia que la función de las cámaras de “vigilancia” no conlleva como consecuencia ni mayor “seguridad” ni mayor prevención. ¿Entonces para qué se pusieron? ¿Cuál es el fin de vigilar si ya no es prevenir o evitar? Las cámaras se multiplican para asegurarnos que al crimen lo vamos a tener a la vista siempre. Bien pensado, esas cámaras no hicieron más que posibilitar que el crimen se multiplique. Donde nadie miraba, no había crimen; ahora simplemente hay crimen, sólo tenemos que apostar una cámara para captarlo. De hecho, el crimen dejó de ser eso: un crimen, una cuestión de análisis, de discernimiento. Porque el crimen está en todos lados, se dan sólo algunas -pocas- instancias en que podemos evitarlo. El crimen dejó de ser un hecho extraño para ser todos los hechos. Lo extraño es estar a salvo, estar seguro. Las cámaras abren un paréntesis en la masa amorfa del crimen, un paréntesis en el que, a veces, con suerte, se puede estar a salvo. Todo lo demás, es el temible territorio de lo criminal (extrañamente, lo más prohibido pero lo más ejecutado). “Todos los demás, esa masa psíquica y física que me abruma con su impenetrabilidad, son criminales. Sólo espero estar tomando todos los recaudos necesarios para evitar que la fuerza de su perversión caiga sobre mí (Dejaré, para empezar, de viajar en tren, porque todos los motorman parecen conductores suicidas). Al fin y al cabo, he dejado ya de hacer tantas cosas que hacía cuando pensaba que el crimen no era más que una excepción.” Cambiémosle, entonces, el nombre al crimen, porque no hay nada que deslindar ni diferenciar: es en todos lados, siempre.

sábado, 27 de julio de 2013

mágicas palabras

las palabras: son tan mágicas, son tan mágicas que incluso me da miedo pensarlas e invocar....