viernes, 22 de diciembre de 2017

Un día que di en llamar Domingo

La vida es injusta
¡De injusta!
Es intemporal
¡Extemporal!
Una aventura por escenarios distintos
En los que vivís
Y yo visito.

Monto un tren
Cargado de frío
Y de fardos.
Un trensiberial
Donde viajan tus hijos
Y los que yo no tuve.

¡Tan rara!
Tan infinitamente rara.


Solo tenemos un tiempo
Para probar su rareza

Te veo allá,
En el árbol


En la maleza.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Rêve de pierre


En un sueño de piedra,
los gritos o el silencio
dan lo mismo, sueño.
Escalones de granito
húmedo y resbaladizo,
las paredes ásperas de pómez,
la luz de cuarzo.

El grito o los silencios que esperan abajo
dan lo mismo,
sueño.

miércoles, 15 de marzo de 2017

La muralla

Hay un sueño recurrente
donde el mar es como una muralla
que no apura el desplomarse.
Ahora, con el mar adelante
veo la muralla y el efecto es cierto.

Como aquella llanura que nos quiere decir algo,
el mar, esa otra llanura etcétera,
nos dice algo que tampoco entendemos
o somos tan inocentes que esperamos
que él diga al modo nuestro.

sábado, 25 de febrero de 2017

Como una tímida Carla

-…drogado con caballo.
-¿Queeé?
-Caballo eees eroína, tío, droga- me dice con un tono muy español -. ¡Qué va!
Ustedes saben a qué tono me refiero. Me gustaría escuchar cómo lo leen en su mente, o en voz alta, a ver si se imaginan lo mismo que yo cuando digo “un tono español”

Dice, y cierra los ojos de una manera blanda. Casi es audible la humedad de los párpados, viscosos por el cansancio de vista, casi se paladea esa viscosidad y eriza la piel de la mandíbula ahí donde está la coyuntura. Ojos bizcos, viscosos.
Era un hombrecito chiquito, con toda el lenguaje corporal de un ser atormentado por la culpa (¡como para no!). Al lado suyo, la chica tenía unos ojos falsos como sin pestañas, ojos de muñeca de porcelana, ojos de cerámica que se cerrarían cuando se acostaba y, al enderezarse, automáticamente volverían a abrirse, podía estar seguro de eso. No sé cuál de los dos me resultaba más repulsivo, y eso que la chica era hermosa, angelical.
La cuestión del interrogatorio venía lenta con la retahíla lacrimosa del enanoide. De repente, la muchacha comenzó a desvestirse, prenda por prenda como en un striptease (Esa misma jovencita encontré años después, pero esa otra vez, una enredadera salía de su boca). El hombrecito se agarraba fuerte, fuerte las manos y miraba para otro lado. Los ojos como sin pestañas de la muñeca me miraban a mí, sin parpadear. Me levanté agarrándome el cinturón…

¿Por qué les dije que el tipo era policía, no?- nos pregunta justo cuando, al fin, la cosa se estaba poniendo interesante.
-Sí- le respondemos a coro, ansiosos por saber cómo termina lo de la chica. Pero justo (para mí es a propósito, un número más de la fiesta), llega la anfitriona con unas máscaras espectrales y empieza a repartirlas con gestos histriónicos. Acá hay que jugar, sí o sí. Es ese tipo de fiesta con la estética preanunciada de “juguemos libremente”, “somos adultos con un niño adentro”, “mi niño es más niño que el tuyo”, “entonces juguemos libremente a esto que te impongo”. Ese tipo de reunión.
Sin chistar, cada uno agarra una máscara y actúa tan “desenfadado” y tan “natural” como puede actuar de tranquilo y natural un adolescente que transita su primera clase de expresión corporal. Chorradas, diría un amigo. Como sea, yo también me pongo la máscara y aprovecho el anonimato para acercarme a una de las invitadas que ya había estado observando antes. Alguien apaga las luces, ¡benditas estas fiestas! -pienso o grito en el tumulto general, mientras siento que la chica en cuestión me agarra de un brazo, me saca la careta con la otra mano y me encaja un beso milagroso (la luz estaba apagada) en la boca. El beso se vuelve apasionado, como se dice para no aclarar por dónde van las manos. Ya me puedo imaginar las mías, mientras le levanto la pollera, explorando las piernas hasta llegar a la bombacha, donde no me detengo, no, no, sino que sigo hasta sentir la suavidad de un pubis recoleto e internarlas en la humedad

-Pero ahí dejaste de prestar atención, a esa altura se te mezclaban las humedades y te imaginaba a la chica teniendo los ojos viscosos del enano…entre las piernas. La atmósfera de la sala de guardia ya era bastante morbosa de por sí para andar agregando información, más a esa hora que todas las cosas parecen ser peores. La puerta se abre: un nene con un cuchillo clavado en la mano; se abre: uno con la nariz y la boca rotas; se abre: un accidentado con un collarín para las cervicales en una camilla; se abre… continuamente, mientras uno espera que lo atiendan por algo que de a poco empieza a parecer ridículamente poco grave.
-Al fin un desnudo frontal masculino –te sobresaltaste de tu propio pensamiento cuando viste entrar al hombre desnudo, pintado completamente de blanco y negro, semi arrastrado por dos enfermeros. Tenía el cráneo roto y la sangre bañaba el piso gris de la guardia:
-Lo usaron de escudo humano en un motín en la cárcel- escuchaste que decía uno de los enfermeros mientras salía de entre las puertas batientes que daban a los quirófanos a donde habían llevado al hombre.
-Rojo, ese debe ser el único color que puede haber en un lugar como este, esta guardia de hospital toda gris, blanca, negra; solo el rojo- sentiste que los pensamientos se te fundían con la historia de Jorge y todo se volvía confuso.
-Ey, ey, no te duermas. No te duermas-te sacudía Jorge preocupado.
-Temgo mucho suemño –intentabas decir y ya el blanco, el rojo y el negro alrededor eran un mismo lago apacible y tibio.
Jorge te estaba sacudiendo, pero no fue eso lo que te despabiló como con un golpe: el hombre desnudo y pintado había salido corriendo como podía por las puertas batientes, chocando un carrito lleno de gasas y recipientes de acero inoxidable. Tres enfermeros habían salido corriendo atrás y lo habían alcanzado justo al lado del asiento donde esperabas que te atendieran:
-Ayudame- decía la boca descompuesta del hombre mientras sus manos blancas, negras y rojas se agarraban de tus zapatos ortopédicos. De un salto, te levantaste y…

-¡Mentira!, Me acordaría perfectamente –le dijo, angustiada, pensando que él se burlaba a costas de aquella confidencia que le había hecho una brillante tarde amarilla, cuando todavía estaba enamorada de él, quizá porque había sido el único hombre al que no le habían importado nada las apariencias y ese verano, en que estaba mal visto por todos los ojos semidesnudos que se paseaban por la playa, la había llevado al mar y a conocer ese calor que no sale sólo del sol sino que brota del mismo suelo y del espejeo del agua tan brillante que parece que hace mal a la vista y en esa confusión de luz del agua y luz de arena y luz solar, como borracha y confundida por el placer de la piel, de los pies granulosos, del abrazo sudado salitre, perfumado de bronces y oleos de coco o banana que le entraban por los poros y por las aletas de la nariz haciéndole sentir que ahí estaba todo, no había más vida que ese momento, se podía decir todo o callar todo porque no había más después y la comunión era infinita como si fuesen ella y Cristo un uno solo bautizándose por primera vez con agua clara, con agua verdadera, le había confesado, riéndose con timidez, pero sin vacilar, la extraña fantasía que tenía con las cebras.

Se volvió a sonrojar por la confesión y lo amarillo de esa tarde; él le ató las manos más fuerte y le acarició el cuello con una sevillana hasta hacerle…

Mientras Carla hablaba, yo no podía creer que una persona como ella me estuviera contando todas estas cosas; miré la mesa y me di cuenta que nos habíamos tomado como cuarenta cafés y que íbamos por el cigarrillo número cien…cada una. Me hizo acordar a lo que una vez -mi primera vez en la isla- me había dicho Silvina:

-Dentro de miles de años, van a llegar extraterrestres a la Tierra y cuando hagan estudios sobre nuestras vísceras petrificadas van a concluir: “Los antiguos habitantes de este planeta se alimentaban a base de café y puchito”.

Pero no tanto por eso que me había dicho (me imaginaba los restos de colilla en el organismo y me moría de risa), sino porque en ese mismo momento, mientras íbamos charlando, nos tropezamos, literalmente, con el hombre que había sido el gran amor de toda su vida. Estaba ahí tirado, totalmente…

lunes, 16 de enero de 2017

no un médico

Es algo químico, dijeron.
No un médico, los médicos no dieron pelota.
Era sólo a la tarde. Lo veía venir desde un rato antes y sabía que la tarde iba a ser de esas.
Se fue una de esas tardes pero no se dio cuenta hasta la noche.
Se había llevado sus cosas mientras miraba el techo y ni las manchas de humedad le hablaban.
Todas. Las cosas.

lunes, 29 de agosto de 2016

wishlist


Tacho un nombre propio
un lugar queda ajeno.
Un verbo,
algo inactivo invade.
Una película, una comida, un disco,
algo inactivo acaba
deseos
a lista de objetos perdidos.

domingo, 3 de julio de 2016

Entierro de la Sardina


No creo que hubiese preferido otra vida que esta que llevo, es sólo que a veces me pregunto qué hace la gente que no escucha la radio los domingos.
Escucho radio los domingos desde hace ya una buena cantidad de años. No soy de los que se sientan a escuchar y nada más. Cocino, lavo, arreglo una olla rota, encolo un zapato abierto en la suela o pego un botón, distinto entre todos, de una camisa. No me gusta estar desocupado, nunca me gustó. Y sin embargo, mis leves oficios son cada vez más mínimos y el cumplirlos o no, no cambia nada de mi condición. Pero mejor no pensar en eso porque la inactividad tampoco me daría un consuelo.
Santiago Domínguez. Alguna vez fue un niño prodigio, si no confundo los nombres. Hoy, encara cada domingo, a la tardecita noche que en estos días se vuelve temprana, un programa dedicado a gente que, como yo, prende la radio los domingos. La voz que sale del aparato negro salpicado de grasas de la cocina, con la antena sostenida por un clip y una chapita cualquiera que reemplazó la ruedita del volumen, es una voz que en otro momento, cuando empecé a escucharlo, hubiese tildado de meliflua. Ahora me parece una gran compañía.
La radio acompaña. Es probable que la gente que miró siempre televisión eso no lo entienda. Las voces de la radio están en la casa con uno. Cuántas veces sonrío con un comentario que me involucra directamente, como si Santiago Domínguez supiese tan bien cómo soy que me revela en mis defectos más graciosos, me alienta en mis deseos profundos, realiza mis pensamientos en esa voz grave pero apacible, amiga. Sonrío, sí. Y después me voy a acostar y, mientras me desvisto, las canciones que él ha elegido me siguen al baño donde me tomo mi tiempo para hacer pis y lavarme los dientes.
He llevado la radio a la cama todos los domingos. Las melodías, masculinas suaves, femeninas suaves y dulces; y sé que me quedaré dormido. Aunque en el pecho sienta algo como tristeza, sé también que el domingo con su melancolía, el pasado, el futuro, se irán a alojar a la voz de Santiago Domínguez y él sabrá qué hacer con ellos. Al menos, por el domingo, él los devolverá como hechos que se acercan a la paz.
Pero, ¿cómo es la vida para los otros? ¿Los domingos toda la población hace sus tareas mientras escucha la radio? ¿Qué hará Domínguez el resto de la semana? ¿Cómo será el final de su domingo? ¿Con quién irá a acostarse? ¿Podrá dormir, Santiago Domínguez?

Me había parecido y aquel lunes lo confirmé cuando vi el cartel que anunciaba la visita de Domínguez al teatro de la Sociedad Italiana. Iba a dar una conferencia: “Las voces de lo profundo”. El día era un sábado por la mañana y, como tantos otros, estuve ahí haciendo la cola incluso antes de que abrieran la puerta.
Adentro del teatro me senté bien atrás, con una sensación agradable entre el chucherío de la gente que se iba acomodando y desacomodando mientras esperábamos ansiosos. Hubiese jurado que el lugar iba a estar lleno de mujeres de cierta edad. Sin embargo alguna que otra mujer joven había y otros tantos hombres maduros disputábamos la concurrencia. Alguien sacaba fotos a la gente del público con una cámara muy grande. De a dos o tres sonreían, los retrataba y pasaba al siguiente grupo. Salí a la puerta no fuera cosa que quisieran fotografiarme a mí también y vi acercarse un auto que se estacionó sobre la vereda enfrente y de él bajó al mismísimo Santiago Domínguez hablando por celular.
Hacía malabares con una carpeta, las llaves del auto y el celular entre el oído y el hombro; me acerqué para ayudarlo, pero otro hombre que sería de la organización corrió hacia él y en sus manos, el buen Santiago confió toda su carga. Entraron al teatro por una puertita a un costado. Todavía tuvimos que esperar media hora más hasta que salió al escenario.
La pequeña muchedumbre ahí reunida largó vítores y ovaciones mientras el hombre convertido en ídolo sonreía modestamente y se sentaba frente a una mesa con una única jarra de agua y una copa de vidrio grueso. El muchacho que lo había ayudado le alcanzó la carpeta y le dijo algo en voz baja antes de prender el micrófono.
La voz profunda de Domínguez inundó vibrante y serena la sala y alcanzó para acallar los murmullos:
-Buenas tardes, queridos amigos.
Si cerraba los ojos, podría sentirme como en mi propia cocina. Había un detalle, de todos modos, que me inquietaba: era sábado. Era sábado, por supuesto, lo decía el papel fotocopiado que servía de entrada. Era sábado y Santiago no parecía ser un hombre como yo, sentado ahí arriba, con esas mujeres y hombres escuchándolo, con carpetas y auto, y un celular que sonaba.
La evidencia de mi candidez me hizo avergonzar profunda e inmediatamente como un golpe de calor, miré a la gente que tenía al lado temiendo que pudieran sospecharlo. ¿Quién era este Santiago Domínguez? Tuve que salir a la calle, tomar un poco de aire. ¡Pero era obvio que no iba a tener una vida como la mía! Por algo él siempre estaba de “aquel” lado de la radio. Yo siempre de “este”. ¿Qué consuelo tonto había imaginado para estar un domingo por la tarde solo escuchando la radio? Bueno, que había tantos otros oyentes como yo, y había también un Santiago Domínguez.
Cuando se me pasó la vergüenza sentí la traición, la sentí hondamente: hacernos creer que nuestra vida existía cuando no existía ni siquiera para él. Esa voz era el cúmulo de la hipocresía. Había dejado todo este tiempo que una voz penetrara en mi propia casa y me mintiera. No iba a volverme con ese enojo a poner la radio en mi cocina. Esperé a que el hombre saliera y terminara de sacarse fotos y firmar autógrafos en las copias de su libro Voces de lo profundo que había salido a la venta unas semanas antes.
Una vez que se disipó la concurrencia, Santiago Domínguez subió a su auto y, antes de darle tiempo de reaccionar, me subí al asiento del acompañante. Me sentí un poco culpable, no quería aparecer como un loco, pensaba que se me debían algunas respuestas nomás. Abrí la ventanilla de mi lado como invitándolo a que hiciera lo mismo, no había que temer el encierro.
-¿Qué hace?-la voz le sonó extrañamente afectada, aguda, casi histérica.
-Usted me debe unas cuantas respuestas. Maneje. Quiero conocer su casa.
-No, mi casa no.
-Vamos- se lo veía turbado, pero se lo pensó mejor antes de decir que no.
-Es depende lo que quiera saber.
-Cómo se vive más allá del domingo. Sabe, alguna vez yo pensé que mi vida iba a ser distinta.
-No hay nada de qué avergonzarse.
-Sin embargo, me parece que usted no lleva una vida de domingo. Quiero conocer su casa.
Y hacia allá fuimos. El camino fue largo y no hablamos mucho, no estoy acostumbrado a hacer charla y el hombre no parecía muy dispuesto tampoco. Finalmente llegamos, era un edificio tirando a viejo pero muy lindo. Pensé que iba a intentar salir corriendo, pero en vez, me esperó a que bajara y me hizo pasar. El viaje en ascensor fue incómodo también, por suerte no eran tantos pisos. Una mujer esperaba del otro lado de la puerta y detrás de ella pude ver una escalera que subía a una segunda planta interna, lindo bulín.
-Invité a un amigo.
-Pero hoy vienen tus hijos.
-Es por una entrevista importante.
Me presenté a la mujer, que era a las claras su esposa aunque la diferencia de edad era notable. Me llevó a una biblioteca y me dejó ahí esperándolo. Había muchos libros en los estantes. Me paseé frente a las paredes cubiertas de fotos. Tenían algunos años y en todas ellas aparecía Santiago. Junto con sus hijos chicos, con Susana Giménez, Marcelo Tinelli y un grupito, con Fernando Bravo e incluso una con Tato Bores. Había decenas de fotos más, pero a los otros no los tenía de vista, probablemente gente de la televisión. En una vitrina había una placa que decía “Premio Éter a la conducción masculina en AM 1997”.
Cuando Santiago volvió a entrar, traía dos vasos con whisky y me alcanzó uno. Me dijo que sus hijos, “de mi primer matrimonio” aclaró, venían los sábados a cenar. “Temprano porque soy un hombre estructurado, y los domingos preparo mi programa de radio”. Cierto. Se sentó en un sillón y me invitó a sentarme delante de él. Me ofreció un cigarrillo que acepté como el whisky.
-Fumo muy poco – me dijo como disculpándose-, usted me entiende, pero ahora estoy nervioso.
No quería ponerlo nervioso, me angustió su voz que se había puesto otra vez aguda y exaltada. Le dije:
-No quiero ponerlo nervioso.
-¿Qué quiere?
-Preguntarle cosas. Cosas sobre su domingo.
-Diga, entonces.
Sentado ahí, enfrente de él, me di cuenta que no sabía qué decir. En parte, todo lo que quería saber ya lo había confirmado. ¿Qué le iba a preguntar? ¿Por qué me había engañado todos estos domingos? ¿Iba realmente a acusarlo de no llevar una vida como la mía? ¿O de simular que sí lo hacía? Por suerte mi silencio no duró mucho porque sonó un timbre y después se escuchó gente. Dos nenitos casi de la misma edad entraron corriendo en la biblioteca y saltaron sobre el abuelo haciéndole caer la ceniza del cigarrillo al piso, chocando la mesita que nos separaba, tocando todos los adornos y estatuillas que había por ahí. Me sorprendió que la voz de Domínguez se pusiera aún más aguda y alterada. “Acá no se juega. Afuera del estudio. Cuidado con eso”.
Una vez que salimos todos, el hombre estaba más apaciguado y se veía que disfrutaba de la familia.
-Yo me voy –dije.
-Muy bien, le llamo un taxi.
-No, muchas gracias, me tomo el colectivo.
-Vamos, tómese un taxi de vuelta a casa.
-Es lejos, sería muy caro.
-No se preocupe, hombre, tome, yo se lo pago. Y no se olvide, mañana lo espero, como todos los domingos.
Su voz era otra vez profunda y melodiosa. Confieso que empecé una sonrisa cuando escuché la frase, clásica ya, de sus anuncios, pero logré transformarla justo a tiempo. Confieso también -total qué importa- que deseé que me invitara a quedarme a comer o que me dijera “¿Por qué no se viene a cenar todos los sábados?” ¡Qué tonto que sos! Me gritaba mentalmente mientras subía al taxi con la plata que Santiago me había puesto en la mano, ¿qué te esperabas? Si ni siquiera te preguntó el nombre.
Ayer he vuelto a casa en taxi gracias a Domínguez, es cierto, pero he resuelto no dejarme vencer tan fácilmente. Hoy suena Marcha Fúnebre de Chopin en radio Amadeus que de todas maneras, a esta altura del partido, está a punto de conquistar y dominar todo el dial.